La historia tiene como subtítulo “una gran historia de amor en tiempos de la revolución“. Es cierto. El amor de los dos personajes que la ilustran, Diego Rivera y Frida Kahlo es una extraordinaria epopeya. Se desarrolla en un momento crucial de la historia de México, los años posteriores a 1910, en los que el país vivirá los acontecimientos más importantes desde su independencia, iniciada un siglo antes; que tendrán gran importancia en su actual momento político.
Jean-Marie Gustave Le Clézio narra todo ésto a un tiempo, la historia de amor de los protagonistas, su evolución personal y los acontecimientos sociales de la época. El escritor, Premio Nobel de Literatura en el año 2008, nace en Niza en 1940. Su nacimiento en esa ciudad ya es digno de un guión de novela. Su madre proviene de una familia bretona emigrada a Isla Mauricio en el siglo XVIII. Su padre es inglés. Ellas viajó de África, donde vivían, a Francia solo para tener a sus dos hijos. Así sucedió en 1940 con el futuro escritor; pero al iniciarse la 2ª Guerra Mundial, madre y padre quedaron separados. En Niza, su madre (que se escondía de la Gestapo) y su abuela, enseñaron a leer a Le Clézio. A los 8 años se traslada a Nigeria, donde su padre servía como cirujano en las Fuerzas Armadas Británicas. Fue el viaje definitivo, la figura de su padre le inspirarán la novela Onitsha y el escrito personal El Africano.
Su vida ha sido muy interesante. Desde ser expulsado de Tailandia cuando hacía el servicio militar británico, por protestar contra la prostitución infantil, a vivir con los indios Embera-Wounaan de Panamá. A los 23 años, en 1963, se hizo famoso con su primera novela, Le Procés-verbal, seleccionada para el Premio Gouncourt.
Está casado desde 1975 con Jemia, procedente del Sáhara Occidental. Tienen dos hijos. Desde 1990 alternan su residencia entre Albuquerque (Nuevo México), Isla Mauricio y Niza. Tiene el Premio Paul Morand concedido en 1980 por la Academia Francesa. En 1994 fue elegido por los lectores de la revista francesa Lire como el mejor escritor francés vivo. La concesión del Premio Nobel lo fue por ser “El escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante”.
Centrémonos en la historia que nos ocupa. Diego y Frida. Individualmente son dos personas extraordinarias. Por si solas merecen un extenso estudio sobre el arte pictórico, el deseo de expresar y mejorar dicho arte, el afán de superación y de enfrentar las dificultades con un espíritu inquebrantable. La forma en que se conocen, como llegan a intimar y quererse, sus desencuentros y nuevamente encuentros. Son dignos de la mejor novela de ficción que escritor deseara.
Diego Rivera, un coloso. Fuerte, intenso en su vida y arte, sensual, amante y amado de mujeres. Es la antítesis en lo físico de Frida Kahlo. Pero solo en lo físico. Interiormente y es mi opinión, Frida es todavía más fuerte, más osada, más resolutiva y deseosa de ser. Ella que sufrirá una poliomielitis que le dejará una permanente secuela en su cuerpo, una pierna deforme. Que sufrirá un accidente que a cualquiera que no fuese Frida hundiría, dadas las consecuencias. Ella, aún sabiendo que el hombre del que desde los 13 años está enamorada, parece un gigante inalcanzable, luchará hasta conocerlo y enamorarlo. Me impresionan. Lo digo con todo corazón.
Son la encarnación de la historia de su nación. Grande, poderosa antes de la conquista, nuevamente grande en su independencia, admirada por ser la primera en lograrlo y por muchas más cosas. Es Diego Rivera, el pintor de sus gestas en múltiples murales a lo ancho y largo de sus principales monumentos públicos, el revindicativo de la vida indígena, el rescatador de la historia pérdida durante los siglos coloniales. Ella, Frida, es el pueblo llano, el pueblo primigenio. Aparentemente débil y aquejado de defectos y problemas. Superviviente de avatares que han dejado en él profundas heridas, pero recio en su mentalidad, capaz de sobreponerse y luchar por sus deseos y anhelos. Como ellos, nación y pueblo no estarán siempre de acuerdo, pero se buscarán y amarán de forma total.
Esa es la impresión que me ha quedado después de leer la novela, la historia general de México y las biografías de los personajes que nos ocupan. Muchas naciones se siente representadas en sus escritores, en sus reyes, en sus políticos, en sus héroes. Para mi, México se representa en Diego Rivera y Frida Kahlo. No son excluyentes, pero son su esencia.
En el texto de la novela se citan personajes importantes en la vida de México y del mundo. Por su relevancia quisiera destacar los nombres de General Santa Ana, Benito Juárez, Porfirio Díaz, Emiliano Zapata, Francisco Villa, Lázaro Cárdenas, y sobre todos José Vasconcelos. Son políticos méxicanos de primordial importancia, Pero también están artistas, como Picasso, Cézanne, Valle Inclán, André Breton; políticos como Trotsky. Diego tuvo una vida fecunda en trato con prominentes hombres de la cultura pictórica de su tiempo y fuera de este campo.
Estos amores, los de Diego y Frida, son, simbolicamente, algo más. Jean-Marie Le Clézio los narra con una prosa fácil, coloquial, que hace amena la lectura; al tiempo que nos relata las peripecias históricas de una de las grandes naciones Iberoamericanas.

